El primer like de un desconocido

Portada de El primer like de un desconocido, un ensayo sobre creatividad, reconocimiento y conexión humana.

por Jorge Javier Peña

El primer like de un desconocido que recibí en Instagram todavía lo recuerdo perfectamente. No sonaron trompetas celestiales. No cayó dinero del cielo. Ninguna modelo noruega apareció preguntándome si quería hacer una campaña en Santorini. Fue solamente una notificación chiquita en una pantalla. Un desconocido había visto algo que yo publiqué y se había detenido.

Lo sé. Suena ridículo.

Pero les aseguro que no lo fue.

Porque crear cosas es, en el fondo, una forma de lanzar señales. Uno sube fotos, escribe ideas raras, inventa proyectos que probablemente preocuparían a un psicólogo serio, y en el fondo de todo ese ruido hay una pregunta que uno no siempre se atreve a formular en voz alta: ¿hay alguien ahí afuera? Mientras tanto, el algoritmo te mira con la misma emoción con la que un cajero de banco revisa una planilla de depósito. Sin parpadear. Sin inmutarse. Con esa cara de «siguiente.»

Nada ocurre.

Y de repente, un día, alguien aparece.

No tu mamá diciendo «qué bello mi hijo», aunque la foto esté torcida. No ese amigo noble que le da like hasta a una foto borrosa de una empanada porque genuinamente te quiere. Tampoco ese admirador secreto que todo el mundo ya sabe quién es. No. Un desconocido absoluto. Una persona que no te debe cariño, paciencia ni apoyo emocional. Alguien que no tiene ninguna razón para detenerse.

Y aun así se detuvo.

Vio lo que hiciste. Lo que creaste. Y no solo lo vio, sino que le gustó. Eso es exactamente lo que un like significa cuando viene de alguien que no te conoce: que algo tuyo, salido de tu cabeza, de tu tiempo, de tus ganas, llegó al otro lado. Que la señal no se perdió en el vacío.

Teléfono móvil mostrando un like de un desconocido como símbolo de conexión, creatividad y reconocimiento.
Una señal enviada hacia la oscuridad. Una señal recibida.

Y sin embargo nos acostumbramos tanto a los números grandes que dejamos de disfrutar esas llegadas pequeñas. Todo parece medirse en millones de vistas, viralidad, engagement y gurús de internet fotografiándose al lado de Lamborghinis alquilados mientras explican cómo «reventar las redes» en tres pasos sencillos y una masterclass de novecientos dólares. Y lo más curioso es que uno termina creyéndoles, aunque sea un poquito, aunque sea a las tres de la mañana cuando el video tiene doce vistas y once son tuyas.

El problema no es la ambición. El problema es que nos enseñaron a medir el éxito en estadio lleno cuando la mayoría de las historias que importan comenzaron en un cuarto vacío. Los Beatles ensayando en un sótano de Liverpool. García Márquez escribiendo sin un centavo en Ciudad de México. Tu abuela perfeccionando su receta durante años sin que nadie le pusiera una estrella Michelin. Las cosas grandes casi siempre tuvieron un comienzo que, visto desde afuera, parecía poca cosa. Una señal pequeña lanzada sin garantías de respuesta.

Por qué importa el primer like de un desconocido

Una persona leyendo. Un comentario. Una conversación. Un cliente. Un amigo. Un desconocido que se detiene y te regala un like. Ahí es donde todo comienza de verdad.

Recuerdo haber sacado una vez 19 sobre 20 en un examen del liceo. Venía emocionado. Realmente emocionado, porque siempre fui un estudiante más bien regular, de los que pasan sin pena ni gloria, pero esa vez sentía que había hecho algo bien. Le enseñé la nota a mi papá esperando quizás una felicitación, una sonrisa, una palmadita en la espalda, cualquier cosa pequeña que me confirmara que estaba orgulloso.

Miró el examen unos segundos y dijo:

«Pudiste haber sacado 20.»

Y listo. Falleció cristianamente mi autoestima adolescente.

Uno nunca olvida ese tipo de frases. Hay generaciones enteras que crecieron sintiendo que la alegría siempre venía con condiciones. Como si las victorias pequeñas todavía no calificaran del todo como victorias. Como si nos fueran a cobrar por ser felices. Bájale dos, que después de un gran gusto viene un gran susto, y sí que me asusté. Me quedé tan prevenido que casi prefería no llegar a los 20 para no tener que aguantar la factura emocional que venía después.

Y eso deja marca. No la marca dramática de las películas, sino algo más silencioso: la costumbre de minimizar lo propio antes de que alguien más lo haga. De restarle importancia a lo que uno logra, no por humildad genuina, sino por reflejo aprendido. Porque si tú mismo lo bajas primero, al menos controlas el golpe. Es una armadura incómoda, pero es la que muchos aprendimos a ponernos.

Tal vez por eso ciertas señales mínimas emocionan tanto más adelante en la vida.

Un mensaje. Una fotografía que alguien entendió. Una amiga que leyó tu escrito y le gustó de verdad. Una canción que alguien escuchó completa. Un desconocido que se detiene unos segundos frente a algo que salió de tu cabeza y suelta un like, porque sí, porque le gustó.

A veces no se siente como aprobación.

Se siente como contacto.

Como esas películas de ciencia ficción donde alguien pasa años lanzando señales al espacio sin saber si hay alguien allá afuera, hasta que un día, finalmente, llega una respuesta.

Quizás por eso seguimos creando cosas. Porque en el fondo, muchos artistas, fotógrafos, músicos y escritores pasan la vida entera haciendo exactamente eso: lanzando pequeñas señales hacia la oscuridad, esperando descubrir si existe alguien del otro lado.

O peor todavía.

Descubriendo lentamente que quizás el alien nunca estuvo afuera.

Quizás el alien eras tú.

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Ensayo © 2026 Jorge Javier Peña. Todos los derechos reservados.

Publicado por Jorge Javier

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