By Jorge Javier Peña
Venezuela acaba de ser sacudida por dos terremotos.
No es una metáfora. Es literal.
Honestamente, para quienes llevamos años siguiendo la historia de nuestro país desde lejos, la diferencia entre el terremoto literal y el terremoto permanente que ya viene ocurriendo hace décadas a veces resulta difícil de distinguir.
Y como siempre ocurre cuando algo sacude a Venezuela, aparecieron rápidamente los comentarios. Las condolencias. Los mensajes de solidaridad. Y surge inevitablemente, la palabra. Resilientes.
Que el pueblo venezolano es muy resiliente.
Hay palabras que usamos como si siempre fueran un cumplido.
Resiliencia es una de ellas. La escuchamos en conferencias, en entrevistas, en libros de autoayuda y hasta en ofertas de trabajo.
Normalmente se utiliza para describir la capacidad de una persona para adaptarse a la adversidad, recuperarse después de una pérdida y seguir adelante a pesar de las dificultades. Y es una buena definición.
El problema es que esa definición parece asumir que siempre existe una decisión. Como si la vida preguntara con amabilidad: ¿Te gustaría ser resiliente?
Pero la realidad casi nunca funciona así.
Porque ¿qué haces cuando ocurre una desgracia? ¿Te sientas a esperar que el destino decida por ti? ¿Observas desde lejos cómo se desmorona la vida que conocías? ¿Esperas que alguien llegue con una caja llena de respuestas y te diga: “Aquí están los pedazos de tu vida. Ahora arma lo que puedas”
No funciona así. Los pedazos de tu vida los recoges tú.
Como puedes. Con miedo. Con rabia. Con cansancio. Y te los echas al hombro porque, sencillamente, no existe otra manera de seguir viviendo.
Eso no siempre es resiliencia. Muchas veces es supervivencia.
Y la supervivencia no es una virtud que se cultiva. Es una respuesta que se activa cuando no queda otra cosa.
Quizás por eso me incomoda un poco la facilidad con la que admiramos la resiliencia.
Porque, sin querer, terminamos celebrando la capacidad de las personas para soportar cosas que jamás debieron soportar.
El precio que pagamos
La resiliencia tiene un precio. Y casi nunca lo paga quien la admira. Lo paga quien tuvo que aprender a vivir sin aquello que daba por sentado.
Sin una casa. Sin un trabajo. Sin una rutina. Sin una persona. Sin un país.
La resiliencia es el nombre que damos desde afuera a una batalla que, desde adentro, casi siempre se llama simplemente sobrevivir.
Como venezolano, cada vez que escucho decir que “el pueblo venezolano es muy resiliente”, no puedo evitar voltear los ojos, poner los ojos en blanco.
No porque la frase sea falsa. Es cierta.
Lo que ocurre es que suele decirse como si hubiera existido otra opción. Como si hubiéramos podido elegir no seguir adelante. Como si quedarse quieto esperando un milagro hubiera sido una posibilidad real.
Felicitaciones por su resiliencia, Venezuela. Lamentamos profundamente que haya tenido que adquirirla.
Porque uno recoge los pedazos. Los carga. Y sigue caminando. No porque sea extraordinariamente fuerte. Sino porque quedarse atrás nunca fue una alternativa.
Con el tiempo incluso aprendemos a encontrar pequeños atisbos de felicidad entre las piedras que nos arroja la vida. No porque seamos héroes. No porque tengamos una capacidad especial para soportar el dolor. Sino porque cuando solo queda un camino, seguir caminando deja de ser una elección y se convierte en una necesidad.

Y luego está la migración. Porque emigrar añade una segunda capa a esa historia.
Ahora tienes que construir una nueva vida, aprender nuevas reglas, a veces un nuevo idioma, trabajar, salir adelante y hacer de otro lugar tu hogar.
Pero al mismo tiempo sigues sintiendo el país que dejaste atrás. Las calles donde creciste. Las playas donde aprendiste el color del mar. La comida que todavía tiene sabor a infancia. Los amigos que siguen allá. La familia que aún espera.
La migración tiene una manera muy particular de duplicar las preocupaciones.
Ahora luchas por salir adelante donde estás. Y al mismo tiempo sigues preocupado por quienes permanecieron allá.
Cuando una noticia sacude al país donde naciste, no la lees como una noticia. La lees como si una parte de tu propia historia estuviera ocurriendo otra vez.
Y entiendes que uno nunca termina de irse del todo. Solo aprende a vivir con el corazón repartido entre dos lugares.
No puedo hablar de resiliencia sin pensar en Venezuela. Sería deshonesto. Sería ignorar demasiadas historias. Las de quienes tuvimos que marcharnos. Las de quienes decidieron quedarse. Las de quienes han visto cómo las dificultades económicas, la incertidumbre política, los terremotos literales y los que no lo son tanto fueron cambiando el lugar que aún llamamos hogar.
No todas las heridas tienen el mismo origen. Pero todas terminan pidiéndole lo mismo a quien las sufre: seguir adelante.
Y quizás por eso creo que ha llegado el momento de admirar otras cosas.
No la capacidad de soportar. Sino la capacidad de crear. No la resistencia al golpe. Sino la imaginación que sobrevive al golpe. No la fortaleza para aguantar lo que viene. Sino la audacia de construir algo nuevo con lo que quedó.
Hay una diferencia enorme entre admirar la capacidad de alguien para soportar tanto y celebrar todo aquello que fue capaz de construir a pesar de ello.
Ojalá llegue el día en que la palabra resiliencia deje de ser uno de los mayores elogios que podamos hacerle a una persona o a un pueblo.
No porque la resiliencia deje de ser valiosa. Sino porque eso significará que cada vez habrá menos personas obligadas a descubrir que la tenían.
Ojalá llegue el día en que admiremos más lo que las personas son capaces de crear que todo aquello que fueron capaces de soportar.
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Jorge Javier Peña es fotógrafo, escritor y narrador visual radicado en Jacksonville, Florida. Fundador de Ingravity Art y Háblame de Fotos.
Excelente articulo