Hubo una época en la que las fotografías no aparecían inmediatamente después de tomarlas. Había que esperarlas.
Los fotógrafos más jóvenes crecieron viendo las imágenes nacer en la pantalla trasera de una cámara o en la pantalla de un teléfono. Nosotros crecimos de otra manera. Hacíamos una fotografía y luego convivíamos con la incertidumbre. No sabíamos si el enfoque era correcto. No sabíamos si la exposición había sido la adecuada. No sabíamos si aquella expresión que parecía perfecta había quedado atrapada en la película o había escapado para siempre.
La fotografía era un pequeño acto de fe.
Hace más de treinta años, mi esposa y yo éramos recién casados. Todavía estábamos en esa etapa de la vida en la que cualquier carretera era una invitación y cualquier mapa parecía una promesa. Decidimos viajar a Margarita.
Durante aquellos días llevé conmigo una vieja Minolta que había pertenecido a mi madre. Me gusta pensar que algunas cámaras acumulan historias igual que los álbumes familiares. Pasan de unas manos a otras cargando recuerdos que no les pertenecen del todo. Aquella cámara ya tenía una vida antes de llegar a la mía. Lo que yo no sabía era que estaba a punto de añadirle una historia que terminaría siendo mi compañera durante décadas.
Tomé fotografías de todo. Del viaje, de los paisajes, de las pequeñas tonterías que parecen importantes cuando uno es joven y está enamorado. Y de la Laguna de La Restinga. Recuerdo los manglares, el calor, el olor del agua, el sonido de los motores de las lanchas cruzando la laguna. Recuerdo la sensación de vivir un momento que merecía ser preservado.
Llevaba cinco rollos de película. Cinco rollos completos, de 36 fotos cada uno. Para los estándares actuales no parece gran cosa. Para quienes crecimos contando disparos, era casi una pequeña fortuna de recuerdos futuros.
Cuando regresamos, llevé los rollos al laboratorio. En aquella época la historia todavía no terminaba cuando uno apretaba el disparador. Había una segunda etapa. La espera. El revelado. La emoción de abrir el sobre y descubrir qué había regresado de aquel viaje y qué había quedado atrapado en el camino. Pedimos el servicio exprés. Nos fuimos a tomar un café, un helado, a matar el tiempo con la paciencia inquieta de quien sabe que algo importante está ocurriendo sin su presencia.
Pero Venezuela tenía otros planes.
Mientras mis cinco rollos estaban dentro de la máquina reveladora, ocurrió un apagón. Uno de tantos. Un instante de oscuridad. Un simple corte eléctrico. Y sin que yo lo supiera todavía, casi doscientas fotografías acababan de desaparecer para siempre.
Cuando regresé al laboratorio y me entregaron el sobre, comprendí de inmediato que algo había salido mal. Era demasiado liviano. Demasiado silencioso. No el peso de cinco rollos revelados sino el de una historia a medias.
El apagón había interrumpido el proceso y la mayor parte de las imágenes se había perdido.
De los cinco rollos completos sobrevivieron apenas cuatro fotografías.
Cuatro.
Y solamente dos pertenecían a La Restinga.

Las Fotografias Perdidas
Todo lo demás desapareció. Los paisajes, los recorridos, los momentos cotidianos. Las conversaciones que nadie fotografió porque parecían demasiado normales para merecer una fotografía. Las pequeñas escenas que uno supone que siempre recordará. Todo aquello quedó atrapado en una oscuridad mucho más permanente que la del apagón.
Durante mucho tiempo pensé que lo que había perdido eran fotografías. Eso parece lógico para un fotógrafo. Pero los años tienen una manera muy particular de corregir nuestras conclusiones apresuradas.
Con el tiempo entendí que las fotografías no eran realmente lo que extrañaba.
Extrañaba la posibilidad de volver a mirar aquel viaje con los ojos de la persona que fui. Extrañaba descubrir detalles que seguramente olvidé. Una sombra. Una mirada. Algún gesto de mi esposa que en aquel momento pasó desapercibido y que treinta años después habría significado el mundo.
Porque esa es una de las funciones secretas de las fotografías. No conservan solamente lo que recordamos. Conservan aquello que olvidaremos.
Y tal vez por eso me dolió tanto perderlas. No porque fueran técnicamente importantes. Me dolió porque eran irrepetibles. La pareja que aparece en aquellas imágenes ya no existe. Los recién casados que caminaron por aquellos manglares desaparecieron hace mucho tiempo. La isla sigue allí. La laguna sigue allí. Incluso dos de aquellas fotografías siguen aquí. Pero las personas que las habitaron pertenecen ya a otro tiempo, a otro cuerpo, a otra alma.
Con los años ocurrió algo inesperado.
Las fotografías desaparecieron. Pero la historia permaneció.
Seguía recordando el viaje. Seguía recordando la laguna. Seguía recordando el calor. Seguía recordando la sensación de caminar junto a la mujer con la que acababa de casarme. Las fotografías se habían perdido. La memoria no. Al menos no del todo.
Y fue entonces cuando comprendí algo que jamás había considerado.
Tal vez las fotografías no conservan los recuerdos. Tal vez conservan las puertas que conducen a ellos.
Porque la memoria nunca trabaja sola. La memoria reconstruye. Completa espacios vacíos. Rellena silencios. Une fragmentos dispersos. Una fotografía no contiene una historia completa. Contiene indicios, fragmentos, pequeñas pistas. Y luego el observador hace el resto.
La fotografía aporta los ladrillos. La memoria construye la casa. Y en ocasiones, construye habitaciones enteras utilizando solamente la ausencia.
De vez en cuando La Restinga regresaba. A veces como un recuerdo. A veces como una pregunta. Y otras veces como una fotografía fantasma: una de esas imágenes que nunca vimos pero que, por alguna razón, seguimos siendo capaces de imaginar con una precisión que no merecemos.
Y entonces comprendí algo todavía más extraño.
Las fotografías que desaparecieron tenían una ventaja que las supervivientes jamás podrían tener. Eran perfectas. Las fotografías reales siempre tienen defectos. Una sombra fuera de lugar. Un gesto incómodo. Un horizonte torcido. Algo que podríamos haber hecho mejor. Pero las fotografías que nunca llegamos a ver habitan un territorio diferente. No existen en papel ni en un archivo. Existen únicamente en la memoria. Y allí la luz es perfecta. La composición es perfecta. La juventud es perfecta.
Por supuesto que ninguna de aquellas fotografías habría sido realmente así. Pero eso ya no importa. Porque dejaron de pertenecer a la fotografía y comenzaron a pertenecer a la imaginación.
Las únicas fotografías verdaderamente perfectas son aquellas que nunca llegamos a ver.
Los negativos desaparecieron. Las imágenes se fueron. El apagón ganó aquella batalla. Ninguna reflexión elegante, ninguna metáfora y ninguna dosis de nostalgia pueden cambiar ese hecho.
Pero el tiempo tiene una forma curiosa de modificar las preguntas.
Con los años dejé de preguntarme qué había perdido. Empecé a preguntarme qué había sobrevivido.
Sobrevivió la historia. Sobrevivió la laguna. Sobrevivió el recuerdo del calor y el sonido del agua entre los manglares. Sobrevivió la vieja Minolta de mi madre. Sobrevivieron cuatro fotografías. Y, de alguna manera difícil de explicar, también sobrevivieron las personas que fuimos durante aquellos días. No físicamente. No exactamente. Pero siguen existiendo en algún rincón de la memoria, jóvenes y recién casados y completamente convencidos de que la vida apenas comenzaba.
A veces pienso que la verdadera función de las fotografías nunca fue conservar el pasado. El pasado siempre termina escapándose. Los cuerpos cambian. Las ciudades cambian. Las personas cambian. Tal vez las fotografías existen para recordarnos que aquello ocurrió. Para demostrarnos que un instante fue real. Que una vez estuvimos allí. Que una vez amamos. Que una vez fuimos quienes fuimos.
Durante años creí que el apagón se había llevado aquellas fotografías.
Hoy creo que también me dejó algo a cambio.
Me dejó una historia. Me dejó una pregunta. Me dejó una forma distinta de entender la memoria. Y me dejó la certeza de que algunas imágenes sobreviven incluso cuando desaparecen.
Porque treinta años después esas fotos siguen haciendo lo que se supone que las fotos deben hacer. Siguen regresándome a Margarita, a La Restinga. Sigo escuchando el agua entre los manglares. Sigo encontrándome con aquellos dos recién casados que creían que la vida apenas comenzaba.
No está mal para unas fotografías que nunca llegaron a revelarse.
Al final, la foto más valiosa de aquel viaje nunca estuvo en mis manos, pero sigue en mis recuerdos.
Y eso, afortunadamente, sobrevivió al apagón.
If you read in English: Explore the Journal
Más ideas y ensayos en Háblame de Fotos.